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viernes, 2 de julio de 2010

Celebrity Solstice.Pompeya, Nápoles y la despedida.

Pompeya



El último día de crucero, el Solstice arribó puntual a puerto. Después de un buen desayuno tomamos el camino de la cubierta dos para pisar de nuevo Nápoles. Ya habíamos visto por el balcón de nuestro camarote la proa, pero ya en tierra le vimos por completo. Atracado junto al Solstice estaba el Century, en el que estuvimos a punto de ir si no es porque al final no nos cuadraron las fechas de vacaciones.






Después de saltarnos el asedio de los taxistas que se congregan en la estación marítima de Nápoles, cruzamos la calle al quiosco para comprar los billetes del travía y el tren circumvesuviano . Nuestro objetivo visitar las ruinas de Pompeya, ya que Nápoles ya la conocíamos. Llegamos pronto por la mañana a Pompeya, y a pesar que las visitas guiadas suelen llevar alrededor de dos horas, nosotros permanecimos cerca de cuatro. No nos queríamos perder ningún rincón de esta ciudad completamente sepultada por la erupción del Vesubio el 24 de agosto del año 79, y sobre todo descubrir calles y villas en las que estábamos absolutamente solos. La verdad que quedamos maravillados e impresionados por el gran tamaño de esta ciudad perdida en el tiempo, y como los ingenieros romanos la habían planificado y las soluciones dadas para resolver los problemas estructurales que se presentan en una ciudad, como la evacuación de las aguas pluviales. Recomendable la visita al 100% siempre y cuando el tiempo acompañe, como fue nuestro caso con otro espléndido día. Y también la visita a Herculano, mucho más pequeña y mucho mejor conservada ya que fue cubierta con un alud de barro en vez de lava. Pero esta quedará para la próxima visita .

  Frescos incríblemente bien conservados


El Anfiteatro.


   Impresionan las escenas de como quedaron algunos de los habitantes de Pompeya


Una calle de Pompeya. Al fondo en la carretera se observa las piedras elevadas que hacen la función de un paso de cebra


   El Templo de Apolo


Nápoles



Nápoles es una ciudad fantástica, famosa en todo el mundo por sus tesoros artísticos, naturales e históricos, que se extiende a los pies del Vesubio. Tratada injustamente por muchos de sus visitantes debido al abandono de muchos de sus edificios, pero con un indudable encanto. Como punto de partida, la estancia en el puerto de Nápoles nos da un montón de posibilidades a elegir. Desde una visita a la propia ciudad, a las cercanas ruinas de Pompeya y Herculano, la bellísima costa Amalfitana o la isla de Capri e Ischia.


  Ambiente del barrio Spaccanapoli



En esta ocasión, y debido al escaso tiempo que nos restaba después de la extensa visita a Pompeya, decidimos dar un pequeño paseo para recordar viejos tiempos, callejear un poquito y disfrutar de ese ambiente tan caótico y decadente que le confiere el encanto a esta cuidad. Pero el que la visite por primera vez no debe perderse los tesoros que oculta. El Castel Nuovo, a los pies de la estación marítima; el Palacio Real de Nápoles, construido cuando pertenecía a la Corona Española por el virrey de Nápoles para una posible visita del Rey de España Felipe III (que nunca llegó a suceder); el Duomo de Nápoles que es absolutamente espectacular su interior, no puede estar más ornamentado; las Galerías Umberto I (ahora se encuentran andamiadas y en proceso de restauración), el Museo Nacional Arqueológico (como visita sustitutoria e imprescindible si se llega a Nápoles en un día lluvioso y hace incómoda la visita a Pompeya) y por supuesto el barrio Spaccanapoli el más emblemático y antiguo con calles, tiendas e iglesias increíbles.




Por último una ascensión en funicolare al Castel Sant´Elmo para disfrutar de unas excepcionales vistas de la ciudad, el Vesubio y la Bahía. Como podéis ver, Italia es mucho más que el eje Roma, Florencia y Venecia.

  Vistas panorámicas desde las almenas del Castel Sant´Elmo



Otra cosa. Si bien Nápoles es bastante segura, no hay que bajar la guardia ya que existen bastantes carteristas y descuideros. Ha sido en la única ciudad, al menos que hallamos sido conscientes, en la que mi mujer se percató como nos estudiaban unos magrebíes y rondaban y controlaban si yo llevaba la cartera en el bolsillo de atrás. Teniendo en cuenta que ando ensimismado grabando en vídeo y observando los edificios que me rodean, en principio parezco presa fácil. Lo que pasa es que nosotros llevamos unas reglas de precauciones férreas. A saber, la cartera siempre en el bolsillo delantero, la mochila colgada en la parte delantera siempre que hay concentración de gente, el dinero distribuido en diferentes cantidades y así evitar enseñar grandes fajos a la hora de pagar en tiendas, etc.. Cuando vieron que ella se había dado cuenta de la maniobra desistieron de su seguimiento.


Mientras iniciábamos el camino de acercamiento hacia la estación marítima, aprovechamos para sentarnos en una terraza cerquita del puerto y tomarnos unos capuccinos, y gastar los últimos momentos viendo el ir y venir de los napolitanos y el entretenido caos circulatorio que reina en esta cuidad del sur de Italia.


Después de zarpar de Nápoles bajamos al camarote para preparar las maletas antes de cenar. Después de pensarlo un poco, decidimos dejar en la puerta una de las tres maletas que llevábamos , y bajar nosotros las otras dos. En el próximo crucero que hagamos con Celebrity las bajaremos todas nosotros, ya que nos agobia bastante tener que estar haciéndolas y dejándolas en la puerta antes de las diez de la noche. Preferimos prepararlas cuando ya nos retiramos al camarote tarde por la noche.



Este era nuestro camarote. Amplio, comodísimo, sin duda han conseguido unas cabinas muy logradas


  En el baño había un buen número de amenities



Detalle curioso. En el Solstice no hay cubierta número trece. A lo que llega la superstición.


La despedida


En fin, esa era nuestro última noche en el Solstice. Disfrutamos de la cena pero con una cierta sensación de tristeza. Durante nuestra charla, inevitablemente estuvimos repasando nuestras vivencias en este crucero, repasando los aspectos que más nos habían gustado y los que nos gustaron menos, rememorando nuestras andanzas en los distintos puertos y comparando inevitablemente los diferentes aspectos con anteriores cruceros.


Nos despedimos de nuestros camareros, Omar y Canto, y de Rubén, nuestro somelier, y fuimos casi de los últimos en retirarnos del restaurante, ya que la charla se alargó. Nos sacamos unas fotos todos juntos, bajo la atenta mirada de nuestro “amigo” el ayudante de maitre polaco. Yo quería que las fotos nos las sacara este personaje, pero mi mujer me dijo que me cortara, que haber si iba a meter en problemas a nuestros camareros. Mientras tanto, Omar se partía de risa, literalmente. Les agradecimos mucho la atención que nos habían dispensado y las cenas tan agradables que nos habían hecho pasar. No sé si ya lo había comentado, pero en unas de las primeras noches, hablando con ellos, les hicimos saber lo que nos maravillaba el esfuerzo que dedicaban en su trabajo, el peso de esas enormes bandejas llenas de platos que acarrean de la cocina al comedor y viceversa, sirviéndonos todos los platos puntualmente, pendientes de que no nos falte agua o vino en las copas, o pan, o cualquier otra cosa. Preparando las mesas para el turno siguiente, o si no para el desayuno, durante los siete días de la semana, y todo siempre con una sonrisa dedicada a nosotros. La verdad que ya por entonces, cuando se lo comentamos, la cara que nos pusieron fue de perplejidad, seguida poco después por una de agradecimiento y satisfacción por reconocer su buen hacer. Nos comentaron que la gente generalmente era amable, pero era poco habitual que se reconociera su trabajo y menos el ser consciente de la dificultad y perfecta organización en cocinas para dar de comer y cenar a casi tres mil personas. Ya le comentamos que, desgraciadamente, hoy en día es muy poco habitual que se reconozca el trabajo de las personas, ya sea en la mar, en tierra o en el aire. Al menos pensamos que durante esos doce días les hicimos su trabajo un poco más agradable, ya que tuvieron algún problema con una de las mesas que nunca les gustaba nada de la carta.


Cuando salimos del restaurante ya se respiraba el desembarque en el aire. La tripulación preparando el barco frenéticamente, vaciando los jacuzzis, baldeando las cubiertas, sacando brillo a cristales.. Y el Solstice, vacío de pasajeros, parecía un barco fantasma. Supongo que estarían en la cama descansando para el largo viaje que esperaba a la mayoría. Esta vez no nos tomamos nuestra copita en el Sky Observation, ya que literalmente estaba desierto, no había nadie. Así que nuestros últimos momentos de la noche los pasamos paseando por las cubiertas y mentalizándonos que al día siguiente, desgraciadamente, nos “echaban” .

                                       
   Nuestro último paseo por cubierta en el Solstice


 De camino a nuestro camarote por "el barco fantasma"
 
 
Esperando a nuestro transfer. El hecho se había consumado. Definitivamente nos habían echado y nosotros de vuelta a la monotonía diaria con cara de resignación.


Unos de nuestros amigos siempre nos dicen que no entienden cómo nos podemos gastar el dinero en viajar. Con la de cosas que se puede hacer con ese dinero. Una casa más grande, cambiar de móvil cada dos meses, comprar una televisión de plasma de 50´´, adquirir un armario entero de ropa cada temporada..Comprar y comprar, y siempre lo tendrás ahí. Porque de un viaje una vez pasado ¿Qué te queda? Nosotros les decimos que conoces gente nueva, e interesante, ciudades maravillosas, paisajes únicos, civilizaciones milenarias, atardeceres increíbles. Nosotros compramos recuerdos, experiencias, bienestar, volvemos a revivir de nuevo los viajes a esos lugares cada vez que hablamos de ellos, delante de una buena mesa, o paseando por nuestra ciudad, o viendo una matrícula de un coche de ese país que habíamos estado, y que irremediablemente nos traslada allí. Hace no mucho mi madre, que es mayor, me decía que aprovecháramos, que ahora que teníamos salud y podíamos, que viajáramos y disfrutásemos. Es curioso cómo, me decía, cuando llegas a mayor te das cuenta que lo más valioso que posees son los recuerdos y las experiencias vividas. Y cuanto más tiempo pasa más afloran y se hacen más presentes en la memoria, cuando difícilmente te acuerdas de lo que has hecho hace dos días. Pero como dijo alguien, tiene que haber gente para todo.

Bueno… pues esto ha dado de si nuestro crucero. La verdad que después de muchas fotografías y de relatar las vivencias e impresiones que nos hemos llevado a casa hemos disfrutado mucho compartiendo este viaje con vosotros, de verdad.

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miércoles, 30 de junio de 2010

Túnez. Crucero Msc Lirica


La última vez que estuvimos en Túnez, dedicamos la mayoría del tiempo a conocer en profundidad las ruinas romanas de Cartago y el Museo Nacional Bardo, con la mayor colección reunida de mosaicos en el mundo. También dedicamos algo de tiempo a una visita un poco apresurada a Sidi Bou Saïd con la noche ya encima. Nos permitió ver este encantador pueblo con sus calles y tenderetes iluminados, pero nos perdimos la maravillosa luz que se disfruta en un día soleado y que hace resaltar el colorido de las puertas y ventanas de cada una de las casas de Sidi Bou Saïd.




Así que esta vez estábamos dispuestos a poner remedio y disfrutar de las demás cosas importantes que se nos quedó en el tintero la última vez. Llegamos a La Goulette pronto por la mañana. Un antiguo pueblo de pescadores frente al Golfo de Túnez y sin ningún atractivo importante. Esta vez teníamos muy claro a qué queríamos dedicar las horas de estancia de que disponíamos en Túnez y completar nuestro conocimiento de esta capital norteafricana. Desembarcamos rápidamente a puerto, no sin antes sufrir una pequeña decepción, ya que esta vez no nos sellaron la visa en el pasaporte como la otra vez. Sirvió con un cartoncillo de visado temporal que luego había que entregar a la policía antes de volver a subir a bordo del Lírica. Pues bien, fuimos directamente a los taxis que esperan dentro del recinto portuario y que tienen tarifas fijas que abonas al regreso a puerto. Con un coste de 40 euros si quieres visitar La Medina o bien Cartago y Sidi Bou Saïd, y de 60 euros si visitas los tres lugares, nuestra siguiente misión era encontrar otra pareja de pasajeros que quisieran compartir taxi, y por lo tanto gastos con nosotros. Después de tres intentos fallidos hablamos con una pareja que accedió encantada a venir con nosotros en el mismo taxi y nos dirigimos a La Medina de Túnez con el Carlos Sainz del Magreb al volante de un curtido VW Vento con varios cientos de miles de kilómetros sobre su carrocería. En menos de media hora ya nos encontrábamos en una de las puertas de La Medina y comenzábamos la exploración, no sin antes rechazar varias veces la oferta de los servicios del guía improvisado que nos esperaba a instancias del taxista.

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miércoles, 23 de junio de 2010

Salerno. Crucero Msc Lirica


Este día en Salerno nos despertamos temprano dispuestos a recorrer los rincones más ocultos de esta ciudad. Aunque habíamos valorado la posibilidad de acercarnos a Amalfi, decidimos permanecer en Salerno por creer que sería más difícil volver a esta ciudad que a la propia Amalfi. Para esta última, y la costa amalfitana tenemos nuestros propios planes para un futuro.



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domingo, 13 de junio de 2010

Civitavecchia. Crucero Msc Lirica


La principal razón por la que elegimos este crucero en el Msc Lírica fue por lo poco habitual y originalidad de los puertos de escala, lo que nos permitió vivir un crucero más descansado y relajado. La excepción fue Civitavecchia, una escala que requiere de un largo desplazamiento hasta llegar a Roma. Algo que por otra parte no nos importó, ya que nosotros la conocemos como la palma de nuestra mano, y además siempre es un placer volver a perderse por las calles de la Ciudad Eterna de una forma pausada. Por ese motivo, y porque Roma se merece una entrada única, no me extenderé demasiado.

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miércoles, 9 de junio de 2010

Ajaccio. Crucero Msc Lírica

Cuando pensábamos en Córcega, lo primero que nos venía a la cabeza era, a parte de la isla donde nació Napoleón y de su perfil extremadamente montañoso, la visión de unos rudos habitantes y celosos defensores de su libertad, bastante alejados de los tópicos y arquetipos franceses. Lo que sería equivalente al tebeo de Goscinny-Uderzo, pero cambiando la frase de "esos irreductibles galos" por la de "esos irreductibles corsos". Y, aunque en lo de la cuna de Napoleón y sus montañas no estábamos equivocados, en lo otro sin duda si que lo estábamos.


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lunes, 7 de junio de 2010

Portofino. Crucero Msc Lírica.




Si alguno de los antiguos habitantes de Portofino levantara la cabeza, no daría crédito al ver en lo que se ha convertido hoy en día este pequeño pueblecito de pescadores. De lo que antaño eran viviendas de humildes pescadores y bajos que servían de almacenes de redes y pertrechos, nosotros hemos visto boutiques de lujo y restaurantes ordenados alrededor de la parte baja y el puerto, zona dedicada en exclusiva al turismo. Deambulamos por sus calles y puerto, en las que no falta ningún diseñador internacional que se precie, y aunque parezca mentira, aún queda alguna barca de pesca mezclada en un mar de yates y motoras de lujo.

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Génova. Crucero Msc Lirica

Aunque hayas buscado toda clase de información de Génova antes de iniciar el viaje, visto multitud de fotografías, planificado qué hacer en tu estancia en esta ciudad, que puntos de interés son imprescindibles a visitar y aunque tengas conocimiento de su emplazamiento geográfico, la visión de esta bella ciudad desde la cubierta doce del Lírica sobrecoge. Arrinconada entre el puerto y los montes, las casas se van apilando a lo largo de las laderas. Una vez pasada esa primera impresión, cuando la contemplamos más detenidamente, empezamos a pensar que sería algo caótica y un poco sucia, al menos desde la visión que teníamos en la estación marítima, y que los viejos y destartalados almacenes portuarios (en restauración en estos momentos) también contribuían a crear. Pero tengo que decir que para nada es así. Fue sin duda una de las sorpresas más agradables de las escalas de este crucero.

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jueves, 3 de junio de 2010

Toulon. Crucero MSC Lirica.




Toulon no es una escala especialmente atractiva. Básicamente es una ciudad que ha crecido al abrigo de la mayor base de la armada francesa en el Mediterráneo. Pero a pesar de no contar con grandes alicientes, ni construcciones significativas entre sus calles, si que tiene un entorno natural envidiable entre la maravillosa bahía y los espectaculares montes que la rodean en el que destaca el Mont Faron con sus casi 590 metros de altitud al que se puede acceder en teleférico y disfrutar de espectaculares vistas. Llegamos a esta localidad a bordo del MSC LIRICA y, aunque en algunas ocasiones atraca en el muelle de ferry, en esta lo hizo en la localidad vecina de La Seyne Sur Mer, situada a unos seis kilómetros del centro urbano de Toulon. La compañía puso a disposición de los pasajeros unos shuttle a un precio de diez euros, pero nosotros preferimos tomar un servicio de lanchas con salida desde el puerto viejo de La Seyne y que también tiene parada cerca del LIRICA delante de un viejo almacén portuario abandonado. A un precio de dos euros trayecto, creo recordar, disfrutamos de una excursión marítima por la bahía de Toulon además del propio transporte al paseo marítimo.

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miércoles, 2 de junio de 2010

Crucero MSC LIRICA




Acabamos de regresar de un crucero por el Mediterráneo, no previsto inicialmente, en el MSC LIRICA. Y digo no previsto porque hasta hace poco más de un mes ni sabíamos si nos iríamos de viaje, ni mucho menos en un crucero de MSC por el Mar Mediterráneo. Pero al final pesó más el anhelo de navegar por estas aguas y en una época del año (finales de mayo) en la que no lo habíamos hecho nunca en estas latitudes. Y a pesar de que no soportamos demasiado bien el calor, las temperaturas de 24 a 27 grados y el tiempo soleado en todo el viaje nos han ayudado a traernos un buen recuerdo del mismo. Lo que más nos atrajo de este crucero sin duda fue la ruta tan poco habitual, en su mayor parte, que realiza el LIRICA, saliéndose un poco de los machacados destinos que actualmente copan todas las navieras a excepción de algunas de lujo. Y por otra parte el tamaño racional y la elegante decoración de este barco de cruceros en el que domina los metales dorados, las maderas oscuras y la calidez de la mayoría de las estancias.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Londres

Planificamos esta visita a Londres aprovechando que íbamos a embarcar en un crucero por el mar Báltico con salida desde Dover, llegando unos días antes, y así poder conocer una de las últimas grandes capitales europeas que nos quedaba. Como nos comentó un norteamericano residente en Bocaratón (Miami), que conocimos en el crucero Norwegian Jade, la suerte que teníamos de tener cualquier punto de Europa a un máximo de tres horas de vuelo. Y la verdad que tenía razón, pero eso yo ya lo sabía. Londres es una ciudad que en un principio no me atraía especialmente y me daba mucha pereza visitarla, y no sé por qué la verdad. Casi todos nuestros amigos y conocidos coincidían en que nos iba a gustar mucho, que era una ciudad muy bella y cosmopolita, y que tenía montones de cosas que ver. Y estaban en lo cierto. Nos ha gustado muchísimo. Pero vamos por partes.


Lo primero que hicimos fue acudir a uno de los tipismos de Londres. El cambio de guardia en el Palacio de Buckingham. Vistoso y colorido, con una muchedumbre ingente, y con alguna que otra estridencia, como interpretar por parte de la banda de música el tema central de las películas de James Bond, que sin embargo parecía hacer las delicias de los turistas allí congregados. Resulta bastante complicado conseguir una buena posición donde contemplar el cambio de guardia y por extensión el palacio en si. El edificio del siglo XIX ha sido residencia permanente de la realeza desde la época de la reina Victoria y en él ondea la bandera cuando la reina está en palacio. Es posible su visita a las salas donde se celebran ceremonias oficiales, pero sólo en los meses de agosto y septiembre.


Después nos dirigimos por Green Park hacia el Arco de Nelson, para desde allí, visitar Hyde Park, auténtico pulmón de Londres y oxigenarnos en uno de los parques icono de Londres. Una vez suficientemente oxigenados, nos encaminamos a recorrer la calle Picadilly, con sus edificaciones señoriales y curiosos escaparates, hasta desembocar el Picadilly Circus, lugar de concentración de turistas y locales. Aprovechamos para descansar un poco sentados en las inmediaciones de la fuente contemplando los inmensos rótulos luminosos. Realmente no me pareció gran cosa más allá de la curiosidad de estar en esta plaza tan televisiva y con tanto tráfico de viandantes. Más tarde, después de un reparador almuerzo, nos dirigimos al Soho, barrio bohemio en mitad del West End que alberga multitud de locales de ambiente homosexual y el pequeño barrio chino y por allí nos perdimos por las calles paseando tranquilamente. Continuamos nuestro particular tour hasta Trafalgar Square, otro de los lugares de parada obligatoria donde descansar nuestras maltrechas piernas contemplado al almirante Nelson, uno de los artífices del inicio de la decadencia del Imperio Español, y la cantidad de personajes variopintos que pululan por esa plaza. Y como no, todas las zonas verdes de la plaza tapizadas con los cuerpos de los londinenses tomando el sol, leyendo, comiendo sopa en bote o dormitando. El tiempo pasaba, así que decidimos someter nuestras piernas a una nueva prueba en la National Gallery (entrada gratuita), eso sí, seleccionando lo que más nos interesaba si no queríamos morir en el intento.





Para finalizar la jornada bajamos por la calle Whitehall y la del Parlamento, haciendo una parada en Downing St para ver si veíamos la casa del primer ministro en la lejanía (misión imposible al estar la calle acorazada), hasta desembocar en el Big Ben, y pasando por la Abadía de Westmister terminar en los alrededores de la estación Victoria para cenar y poder descansar nuestras caricaturas de piernas en el hotel después de una maratoniana jornada pedestre que sin duda mereció la pena.



Después del reparador descanso nocturno, salimos del hotel con la intención de seguir explorando esta excitante ciudad. Comenzamos con un desayuno en los múltiples sitios donde lo puedes tomar, mucho más económico que el típico buffet del hotel. Esta vez tocaba lo primero visitar la Abadía de Westminster, para después contemplar con detalle una de los edificios que más expectación nos creaban, el Parlamento Británico, de estilo neogótico. Evidentemente no lo visitamos por dentro por la dificultad de adquirir el permiso a través de la embajada británica. Desde este punto, y bajo la atenta y puntual mirada del Big Ben, disfrutamos las hermosas vistas del río Thamesis desde el puente de Westminster con el London´s Eye de fondo, que se ha convertido en un particular emblema de Londres. Ni nos planteamos subir a bordo de esta gran noria primero por las enormes colas que había que soportar y segundo por el elevado precio que tiene. En el mismo embarcadero del London´s eye, la primera vez que nos encontrábamos en la orilla sur del río, embarcamos en uno de los barcos turísticos que hacen las funciones de barco bus para descender por el Thamesis hasta el barrio de Greenwich a unos doce kilómetros al este del centro de Londres, y después de un paseo de algo menos de una hora, visitar allí el antiguo observatorio y el famosísimo meridiano cero. Después de comer visitamos el museo Nacional Marítimo (entrada libre) y nos quedamos con las ganas de poder ver el Cutty Sark que se encuentra en proceso de restauración.





Ya avanzada la tarde embarcamos de nuevo en uno de los barcos y nos deleitamos la vista con los numerosos edificios de apartamentos modernos y de diseño (e imagino que carísimos), que le dan toque distinto a la fachada del río, para esta vez apearnos en la Torre de Londres. Uno de los monumentos más visitado de la ciudad que ha tenido toda clase de funciones (fortaleza, palacio, prisión...), hasta hoy en día que guarda las Joyas de la Corona. Más espectacular, al menos para nosotros por su emplazamiento y diseño, es sin duda el Puente de la Torre. Lo atravesamos hasta llegar a la otra orilla y nos sentamos para poder contemplarlo en una visión conjunta con La Torre de Londres, el tráfico fluvial y el devenir de turistas y londinenses.


Nuestro recorrido por Londres continuó por la orilla sur en un agradable paseo, y con un día excepcional, hasta llegar al crucero H.M.S. Belfast. Buque de guerra que participó en el desembarco de Normandía, hoy convertido en un museo en si mismo y con posibilidad de visitarlo previo pago.

Todo este paseo (el Bankside) hasta llegar a la Tate Modern y dejando atrás el London Bridge y el nuevo ayuntamiento, está repleto de bares, pubs y restaurantes, y también se encuentra el Globe Teatre Shakespeare. Después de una buena pinta cruzamos el puente peatonal del Milenio donde se puede sacar unas buenas fotografías de la Catedral de San Pablo (famosa por los créditos de series tan populares como Benny Hill o los Ropper) y de la Tate Modern. Aprovechamos a cenar frente a la catedral (lo siento...no sucumbimos al "fish & chips) y refugiarnos del único chaparrón que sufrimos en este viaje a Londres. Para regresar a nuestro hotel tomamos un típico autobús de dos pisos que nos llevaría hasta Victoria Station.


Ya los otros dos días los dedicamos a visitar, en primer lugar el British Museum, al que dedicamos la mañana y una parte de la tarde. Procuramos no perdernos algunas de las joyas que están expuestas y que no pudimos ver en su emplazamiento original en nuestros viajes a Egipto o Grecia (imprescindible una larga parada en los relieves asirios con las escenas de cacerías de leones). También dedicamos una pequeña atención a los mercados londinenses, visitando el pequeñito que está ubicado en la calle Picadilly y el del Covent Garden, aunque esto último no era lo prioritario para nosotros. Lo que si que nos gustó es el ambientazo que se vive en el Covent Garden y sus alrededores. Sitio ideal para refrescarse con una cerveza o cenar el los muchos locales existentes en la zona.



Este es un resumen de nuestras andanzas por esta sorprendente ciudad a la que seguro volveremos en un futuro.
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domingo, 25 de abril de 2010

Cauterets. Un viaje relámpago.



Un buen día de finales de abril, se nos ocurrió la idea de ir a esquiar y visitar esta localidad del pirineo francés. Lo más lógico hubiera sido reservar uno de los encantadores hotelitos que pueblan este precioso pueblo, y el pasar el fin de semana en él. Lo que pasa es que nos pareció más aventura, casi rozando la insensatez, el levantarnos a las cuatro de la madrugada, echarnos a la carretera y recorrer las casi seis horas que nos separan de esta estación. Una vez en destino esquiar durante siete horas seguidas, visitar el pueblo más tarde, tomarnos unas cañitas ("sans alcool", por supuesto) y regresar a Santander a las tantas de la madrugada. Afortunadamente, mi coche cuenta con regulador de velocidad, lo cual agradecí ya que hubiera sido incapaz de llevar el pie todo el tiempo en el acelerador a la vuelta.




Y todo debido a que nuestra coqueta estación de sky de Alto Campoo ya se encontraba cerrada en esas fechas, y la posibilidad de hacer unas bajaditas para dar por terminada nuestra temporada, y las ganas de una pequeña aventura de más de veinte horas nos  sedujo al momento. Todavía conservamos el espíritu aventurero, aunque algunos lo califican como brotes de locura. Pero al fin y al cabo son estas pequeñas locuras las cosas que se recuerdan con más cariño con el paso del tiempo.








Salimos de Santander de madrugada, de noche por supuesto, y una vez pasado el tapón de la circunvalación de Bilbao (ya a esas horas hay circulación lenta, aunque parezca mentira), entramos más adelante a la preciosa, y cara, autopista del sur de Francia. Nos desviamos en Tarbes en la salida (sortie) de Lourdes, y una vez dejada atras en poco más de veinte minutos llegábamos a nuestro destino, Cauterets. Rápidamente nos colocamos nuestros equipos y nos dirigimos raudos al telecabina que accede a uno de los dominios; el sector de Lys. Las vistas del pueblo que te brinda el telecabina en el ascenso son espectaculares. Y con esas llegamos a la estación. Después de deleitarnos con las fantásticas vistas y de tomar nuestro primer contacto con la nieve de esta parte del Pirineo, al telesilla y a disfrutar por las pistas. A medida que avanzaba la mañana tuvimos que ir despojándonos de parte de la ropa, la temperatura ambiente subiendo poco a poco, y al final descendiendo por las pistas en manga corta y con la cazadora anudada a la cintura. No me extraña que la gente se dedicara más a tomar el sol que a lanzarse por las pistas. Si es que estábamos en el Caribe, y yo pensando que estaba en una estación de sky.





Una vez que dimos, con mucha pena y mucho cansancio, por finalizada la jornada de sky, nos montamos de nuevo en el telecabina para descender al pueblo de Cauterets. Nos habíamos ganado una merecida merienda, regadita eso si, con unas buenas cervecitas, que el calor seguía apretando. Paseamos por las calles de este encantador y elegante pueblo que a primera vista podría ser un pueblecito más del Pirineo, pero que se diferencia por la elegante arquitectura de sus edificios. Eso le hace ser único. La arquitectura del siglo XIX de las termas, los hoteles, muy parecida en estilo a las de París o Burdeos, ya te hace sospechar que fue una villa famosa en otros tiempos y con asiduas visitas célebres y hasta reales. Víctor Hugo, la duquesa de Angoulême, hija de Louis XVI, la Reina Hortensia de Beauharnais, son entre otros un ejemplo de personalidades que han desfilado por Cauterets.




Sin duda un lugar para visitar en algún fin de semana, incluso en verano, ya que la naturaleza que la rodea es espectacular. Senderismo, hoteles-spa, mountan bike, no hay lugar para el aburrimiento, a menos que uno quiera. Por cierto que la mascota de Cauterets es "la Marmote". Omnipresente en todas las tiendas. Hasta yo caí en comprar una taza de desayuno con la imagen de la marmota. Si es que las viejas costumbres no se pierden.













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sábado, 24 de abril de 2010

Bérgamo

Una de las características de las compañías de bajo coste, es que habitualmente operan en aeropuertos pequeños cercanos a las grandes ciudades que anuncian como destino, debido generalmente a  unos costes más bajos en tasas y servicios. Y la caracteristica de una parte importante de los pasajeros que utilizan esas rutas, es que usualmente no reparan en el encanto de esas pequeñas ciudades que utilizan como plataforma para acceder a esos grandes destinos cercanos,y su conocimiento acerca de ellas no pasa del aeropuerto. Ese es el caso de Bérgamo, una bella y próspera ciudad de la Lombardía, en el norte de Italia, que para algunas compañías aéreas sólo es Milán (Orio al Serio).


En nuestro caso tomamos tierra en el aeropuerto de Orio al Serio en un avión de la compañía Myair procedente de Estambul, ciudad en la que habíamos pasado unos días. Nuestra intención era pasar dos días completos en Bérgamo y después tomar el avión de Ryanair en la ruta que la une con Santander. En poco más de dos horas y media desembarcamos en el aeropuerto de Orio al Serio. Teníamos reservado en hotel Palazzo Dolci, situado en pleno centro en el Viale Papa Giovanni XXIII, muy cerca de la estación de tren, zona comercial y de multitud  de restaurantes y terrazas. Debido a que la hora de llegada de nuestro vuelo fué bastante tarde, fuimos directamente a registrarnos y, tras mantener una larga charla con el encantador personal de recepción, subimos a nuestra habitación para descansar y tomar fuerzas para el día siguiente. Tengo que decir, que despues de diez y ocho días de viaje que llevaban nuestros cuerpos a la espalda, el cansancio se empezaba a hacer presente.



Visitar Bérgamo es muy sencillo. Por un lado la ciudad alta sobre las colinas y por otro la ciudad baja extendida en la llanura a los pies de las colinas. Este nuevo día comenzaba para nosotros con un reparador desayuno en la habitación del hotel. Una vez preparados y aseados nos encaminamos a la parada de autobús que estaba frente a nuestro hotel despues de haber adquirido los billetes en un kiosko cercano. En menos de quince minutos el autobús nos dejaba en una de las entradas de las murallas venecianas que rodea la Città Alta. Unas murallas que encierran un compendio de calles y edificios medievales, iglesias y plazas y palacios renancentistas. Tambien existe un funicular a pie de la colina que te deja en el interior de las murallas. Nada más bajar del autobús, lo primero que llama la atención es el Castello en la cima de una colina, en el pueblo de San Vigilio. Desde las ruinas de este castillo se disfruta de unas preciosas vistas de Bérgamo.




Ya en el interior de las murallas los puntos más interesantes son la Piazza Vecchia, con palacios renacentistas y una torre del siglo XII, la Basílica de Santa María Maggiore y el Baptisterio, y la animada calle de Vía Colleoni con muchas tiendas, bares y restaurantes, plazoletas y columna vertebral por la que pululaban infinidad de turistas, sobre todo italianos, al caer la tarde.




También visitamos La Rocca, antigua fortaleza hoy en día dedicada a albergar el museo Histórico con fondos variopintos formados por pinturas, medallas, fotografías, que visitamos gracias la atención de nuestro hotel que nos obsequió con dos entradas, y que no nos entusiasmó demasiado. Quizás lo más positivo que sacamos de su visita fue el precioso atardecer que contemplamos desde lo alto de sus muros.





Más tarde, en cuanto el cansancio acumulado y el hambre nos empezó a apretar, fuimos a una  tratoría que préviamente nos habían recomendado encarecidamente, Antica hosteria del Vino Buono. Situada frente a la entrada del funicular que te baja a la ciudad baja y en los bajos de un palazzo medieval  en la Piazza Mercato d Scarpe con la Via Donizetti, sirven típica comida Lombarda. Si bien la cena que tomamos estuvo bastante correcta, salimos un poco decepcionados al no cubrir las grandes expectativas que nos había generado. Curioso fué observar como en una de las mesas se sentaron dos parejas, que al cabo de un rato de leer la carta, se levantaron de la misma y sin ningún cruce de palabras con los camareros o explicación, abandonaron el local. Hasta ahí, aunque no muy habitual, ya que la carta estaba expuesta en el exterior del restaurante,  digamos más o menos normal. Pero lo que ya nos llamó la atención poderosamente, fué que los siguientes ocupantes de esa mesa calcaron el comportamiento de los que habían estado antes. Tambien se levantaron sin ninguna explicación de la mesa después de ojear la carta durante unos minutos. Nos hizo pasar un rato divertido especulando acerca de las razones que llevaba a la gente a abandonar dicha mesa maldita.



Después de la cena nos fuimos dando un paseo bordeando las murallas hasta una de las paradas de autobús que se encuentran en el exterior de las mismas y donde, mientras esperábamos, disfrutamos de las vistas de Bérgamo bajo. El cansancio y el sueño nos estaba invandiendo por momentos. Por cierto, los sábados por la tarde noche la cuidad alta se convierte en el centro del alterne y la movida de Bérgamo. Ríos de gente invaden las calles en busca de copas y diversión, y como consecuencia enormes atascos de coches y de scooters en los accesos a ella.


El día siguiente nos dedicamos a pasear por la ciudad baja y visitar lo más característico. El teatro neoclásico Donizetti, el museo de la Accademia Carrara, la Porta Nuova, el bulevar Senterione lleno de comercios y terrazas de cafés, donde los bergameses se entregan a su afición favorita; tomar un café y ver y ser vistos. Así que donde fueres, haz lo que vieres. Y de esa forma transcurrió nuestras ultimas horas antes de ir al aeropuerto a tomar nuestro vuelo que nos devolvería a casa.


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