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sábado, 11 de octubre de 2014

Isla de los Pinos; la despedida del paraíso


La Bahía de Kôdaa, nuestra siguiente parada, es como una Bahía de Halong a pequeña escala salpicada de pequeños islotes de roca calcárea cubiertos de vegetación y fondeados en un mar de un profundo color turquesa. Y de nuevo lugares lejanos y solitarios donde no es posible encontrar a nadie que no sea alguno de los afortunados habitantes de esta isla paraíso. Cuesta trabajo creer que en un mundo tan globalizado, donde el turismo de masas se ha popularizado hasta límites insospechados, puedan aún existir lugares en el planeta como la Isla de los Pinos. Y verdaderamente espero y deseo que pueda continuar así en el futuro, como un reducto único de cómo era la vida cotidiana en el Pacífico y preservar de esa forma su privilegiado entorno natural.




Aquí parecía observarme preguntándose cómo diablos había acabado yo en aquel lugar del mundo, en su mundo. Nuestro nuevo amigo ya había ido adquiriendo confianza después de un inicio titubeante y no paraba de preguntar y hacerme observaciones que, al dirigirse a mi en un francés con un acento casi imposible de descifrar, muchas se quedaban sin aclarar. Aunque me he dado cuenta que la mímica, los dibujos en la arena y un poco de cara dura por mi parte puede obrar milagros hasta el punto de podernos comunicar en ocasiones.


En nuestros desplazamientos por la isla pudimos observar alguna vaca solitaria pastando en las cunetas de los caminos y las carreteras. Una especie de bóvido, apacible y desconocida por mi y por supuesto importada de fuera de la isla, y cuyos atributos no parecían que pudiera producir leche en grandes cantidades


Una última instantánea de la Bahía de Kôdaa antes de continuar nuestro periplo por la isla





La Gruta de la Reina Hortensia en la parte noreste de la Isla de los Pinos es una gran cavidad horadada por la acción de las aguas de lluvia filtradas a lo largo de miles de años. En ella aflora un pequeño riachuelo que discurre pausado entre la densa vegetación que circunda a la gruta. Y aunque cobran una pequeña entrada por visitarla, no es posible adentrarse en ella en su totalidad al estar precintada en parte debido a la inestabilidad del terreno y los posibles desprendimientos de piedras y rocas. En el camino selvático que lleva hasta la Gruta de la Reina Hortensia crecen exóticas flores de vivos colores, grandes palmeras y esas hojas muy anchas de los llamados plátanos que en la mayoría del sudeste asiático utilizan para envolver y servir la comida.



Una  de las curiosidades de nuestro amiguete era que en los desplazamientos en su coche de una bahía a otra paraba el vehículo en la cuneta de la carretera a su antojo, se apeaba y recolectaba  frutos que depositaba en el maletero del coche. A nosotros nos explicaba de qué frutos se trataba dentro de las limitaciones del idioma y ayudado por el lenguaje gestual, y nos los daba a probar. Algunos de ellos hay que reconocer que resultaron toda una sorpresa, como los aparentemente cítricos de la fotografía (parecían unos pequeños limones), cuyo sabor y textura para nada se le parecían.




El pico Nga nos ofreció unas espectaculares vistas panorámicas de la Isla de los Pinos. La imagen de todas aquellas pequeñas islas y atolones, algunas de ellas repletas de pinos columnares, emergiendo de las aguas azul turquesa resultó simplemente maravillosa. Fue una pena que la bruma con la que había amanecido aquel día la isla restara una parte de la espectacularidad de aquel paisaje salvaje, y además tampoco nos permitió contemplar en la distancia la "Grande Terre", la gran isla de Nueva Caledonia y Noumea, que según nos explicaba nuestro guía era posible hacerlo en días claros.




Tras disfrutar de las vistas panorámicas bajamos a otra de las bahías de la isla. Pero esta vez la sorpresa iba a ser diferente ya que nos llevaba de visita a su propia casa, en un lugar absolutamente privilegiado en la Bahía de la Corbeille. Al borde mismo del mar tenía sus casa, su terreno y jardín, y hasta una lancha fueraborda Sea Ray fondeada a escasos metros de la casa y que utilizaba para ir de pesca y para sumergirse en la aguas turquesas. Una mezcla de economía de subsistencia y comodidades occidentales que me produjo una gran envidia no tan sana.


La lancha fueraborda Sea Ray

y las espectaculares vistas desde la casa





Sin pensarlo dos veces enganchó un enorme machete y cortó un coco de una de las palmeras de su jardín. El mismo machete que utilizó para abrir dicho coco y de paso darnos una pequeña lección práctica de cómo se debía hacer el proceso. Todo bajo la atenta mirada de dos de sus perros que esperaban ansiosos su ración de sobras del coco. Jamás en mi vida había visto a unos perros comer cocos de esas manera...tendrán el colesterol por la nubes.




Pero el paraíso también posee su lado oscuro. En el año 1872 la metrópoli francesa utilizó una parte de la Isla de los Pinos como prisión donde envió a convictos e insurgentes de las colonias francesas. Más de 3.000 personas llegaron a estar recluidas entre sus muros en unas condiciones terribles de higiene y hacinamiento. Pero la tragedia también se extendió a los propios kanakos, a los habitantes autóctonos de la Isla de los Pinos, que fueron arrancados de sus tierras en la parte occidental de la isla y recluidos en otras partes de la pequeña isla.






Resulta arriesgado aventurarse por los interiores de las celdas de esta prisión ya que está en un evidente estado de deterioro que amenaza con derrumbarse en cualquier momento. De hecho en las fotografías se aprecian derrumbes parciales, pero es que la curiosidad es muy temeraria y no pudimos dejar de entrar en esas infames celdas para intentar sentir algunas de las sensaciones que esos muros han contemplado.




La Torre del Agua fue construida en 1874, en la misma época que el penal. Su finalidad la de distribuir y abastecer de agua a los convictos. Hoy en día continua en servicio y se sigue utilizando y el edificio ha sido perfectamente restaurado.


Y con la visita a la prisión dimos por concluida la vuelta a la Isla de los Pinos. Desde este punto hasta el barco no quedaban más de quince minutos por carretera, pero decidimos entre todos regresar a la Bahía de Kuto con tiempo para pasar allí algo de tiempo y para prevenir posibles contratiempos que no nos hicieran regresar al barco con suficiente antelación. Y eso a pesar de que nuestro nuevo amigo estaba lanzado en su nueva faceta de guía turístico, y se encontraba tan cómodo que estaba empeñado en seguir enseñándonos otros parajes de la Isla de los Pinos. Pues menos mal que la comunicación en francés fue poco fluida porque si no a fecha de hoy aún estaríamos dando vueltas por la isla. Y es que fue un encanto de persona y toda una experiencia para recordar. Al llegar a la Bahía de Kuto le dimos la otra mitad de los dólares pactados más una propina por su esfuerzo en agradarnos, por haber intentado todo por comunicarse con nosotros y por habernos llevado hasta su propia casa. Imagino su cara contándole a su mujer, que trabajaba en el hotel Le Meridien, lo que le había ocurrido ese día, de como le habían asaltado unos turistas y de los 110 dólares que se ganó aquel día del mes de marzo ejerciendo más de anfitrión que de guía turístico. No le olvidaremos, ha pasado a formar parte de nuestros viajes y de nuestros recuerdos.


En el entorno de Kuto estaba una de las señas inequívocas de que nos encontrábamos en territorio de ultramar de Francia. Una pequeña comisaría de la Gendarmerie Francaise es la encargada de mantener el orden en la Isla de los Pinos. Me llamó poderosamente la atención que en un lugar tan tranquilo la comisaría esté rodeada con malla de alambre de espino. Justo al otro lado de una parcela donde descansan los restos oxidados de un camión, una pareja de expatriados, ella de Nueva Zelanda y él Británico, exponen en una pequeña tienda junto a su vivienda artículos de artesanía y camisetas de algodón pintadas a mano con motivos de la Isla de los Pinos. Precisamente una de esas camisetas fue la que encandiló a Ceci con una flor de tiaré pintada a mano en vivos colores.




También aprovechamos el tiempo de que disponíamos para hacer un poco de snórkel  y tomar el sol en la playa de la preciosa Bahía de Kuto. Esta playa posee una finísima arena blanca, tan fina como la harina  e igual de blanca, muy útil para no quemarte la planta de los pies, pero que te reboza como una croqueta cuando te tumbas con el cuerpo mojado. En esta parte de la bahía donde los arrecifes quedan muy lejanos es difícil encontrar grandes bancos de peces, pero queda compensado de sobra por su increíble belleza natural. Desde la playa se puede contemplar el pico Nga que con sus 250 metros de altura es el lugar más alto de la Isla de los Pinos.




El brillante sol tropical comenzaba a caer sobre el horizonte mientras en la isla una anciana se esmeraba en adecentar la zona del desembarque de los pasajeros del Oosterdam, recogiendo los ramos y coronas de flores desechadas por los mismos. En poco tiempo la zona volvió a quedar como si nada ni nadie hubiera pasado por aquel lugar.




Mientras un solitario turista recorría pensativo el muelle de ferries

Nosotros nos embarcamos en el último tender hacia el Oosterdam. Apenas un grupo de diez pasajeros que apuramos hasta el final la estancia en la maravillosa Isla de los Pinos y que nos costaba abandonar, probablemente para siempre. El embarque en el Oosterdam fue igual de movido que el desembarque en los tender por la mañana. El Mar de Coral se mostraba enfurecido aquel día del mes de marzo. Una vez embarcados el capitán no tardó demasiado en poner rumbo a Sydney de nuevo y abandonar Nueva Caledonia y las islas del Pacífico Sur navegando solitarias islas y arrecifes de coral, y sobre todo alejarnos de la zona de influencia del Ciclón "lusi". 


Esa misma tarde mientras navegábamos rumbo a Sydney pude disfrutar de un inolvidable atardecer en el lejano Mar del Coral. A medida que el astro rey se escondía por la línea del horizonte, el cielo y las nubes se teñían de una espectacular paleta de colores donde las tonalidades rojizas y violáceas rellenaban con su luz un precioso lienzo, con las cubiertas del Oosterdam como protagonistas principales.


Aún restaban tres jornadas de navegación hasta arribar de nuevo a Sydney, nuestro último puerto y destino final de uno de los mejores grandes viajes que hemos hecho hasta el momento. Ahora que ya han pasado algunos meses desde que concluyó esta aventura por las antípodas, de descubrir la vibrante ciudad de Sydney y de explorar aquellas lejanas y paradisíacas islas del Pacífico Sur, con la perspectiva que te da el tiempo, cada vez que pensamos en él nos invade una sensación mezcla de alegría y tristeza a partes iguales. Alegría por lo vivido a lo largo de 23 intensos días, tristeza por pensar que quizás no podamos regresar de nuevo. Pero sin dudarlo, mejor quedarse con la alegría y soñar con regresar algún día a la "Gran Tierra" y a nuestras queridas islas del Pacífico Sur



2 comentarios :

..... y ya se acabó? no te olvidas de nada? un pokito más¡¡¡¡¡. muy romaticosentimental por los pinos

Pues si...ya se acabó las escalas del crucero, aunque aún nos quedaban tres días de navegación hasta llegar a Sydney. Creo que prepararé otra entrada con algunas fotografías de las estancias del Oosterdam.

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