viernes, 29 de mayo de 2015

Yangón; la puerta de entrada a Myanmar



Uno de los grandes alicientes de este gran viaje por el sureste de Asia era sin duda Myanmar. La antigua Birmania es uno de los últimos países en abrir sus fronteras a los visitantes hace apenas tres años, con lo que aún los habitantes se sorprenden con la presencia de rostros occidentales por sus calles, incluso en una gran urbe como es Yangón. Desde hace unos años Yangón dejó de ser capital administrativa de Myanmar en favor de la pequeña ciudad de Naipyidó con poco más de cien mil habitantes y ubicada en el centro del país, debido una decisión discutida y muy sorprendente de la junta militar del gobierno birmano. Aunque todos los países mantienen sus embajadas en la ciudad de Yangón de, posiblemente porque es difícil saberlo a ciencia cierta, más de siete millones de habitantes. Tras navegar durante más de dos horas remontando el río Yangón, el Volendam atracó en el puerto de Thilawa en Myanmar pasadas la seis y media de la mañana. La navegación por este río resulta complicada a causa del poco calado del mismo y es por ese motivo por lo que se tarda bastante en navegar unas pocas decenas de millas. Una vez atracados comenzó el proceso para el desembarco, para la que la mayoría del pasaje no necesitaba su pasaporte. Caso distinto fue el nuestro, ya que como el Volendam pasaba tres días atracado en Myanmar, decidimos reservar hotel en la ciudad de Yangón para ahorrarnos el largo trayecto de más de hora y media entre el puerto de Thilawa y el centro de la ciudad. Así que por ese motivo tuvimos que comunicar con cuatro días de antelación a la recepción del Volendam nuestra intención de pernoctar en Yangón para que los agentes de fronteras del gobierno birmano revisaran nuestros pasaportes antes de entregárnoslos con los visados e incorporarnos en una lista de la gente que iba por libre. En fin, el día amaneció claro y soleado y a pesar de lo temprano de la hora el calor ya apretaba. Vinieron autoridades locales para saludar uno a uno a cada pasajero que desembarcaba, acompañados de cámaras de televisión que no perdían detalle, mientras un conjunto de danzas tradicionales acompañados de música birmana amenizaba el desembarque. Nos dimos prisa ya que fuera del puerto nos esperaba un coche con conductor que habíamos reservado previamente desde España para que nos trasladara hasta el centro de Yangón donde se encontraba situado nuestro hotel, el magnífico Sule Shangri-La Yangón. Por cierto, para los que necesiten de una buena agencia en Myanmar en español para organizar un viaje por el país o un servicio de transfer, la agencia Batontours.com es una buena opción y Khin  una chica encantadora y simpática. Una vez ya montados en el coche y de camino hacia Yangón, pudimos contemplar a través de la ventanilla lo poco desarrollada que se encuentra Myanmar y la gran pobreza que existe en muchas de sus poblaciones, aunque por lo que más tarde pudimos comprobar, ya está cambiando a pasos agigantados, y no siempre para bien.




La carretera que comunica el puerto de Thilawa con Yangón atraviesa varias pequeñas poblaciones y soporta un volumen de circulación enorme. Además cada uno hace más o menos lo que le viene en gana, con lo que ves escenas de tráfico que ponen los pelos de punta en muchas ocasiones, pero esto es Myanmar. Y tampoco es que el trayecto fuera muy cómodo, todo el camino botando entre bache y bache en el coche.




Una vez que hicimos el check-in y dejamos nuestras mochilas en el hotel nos lanzamos a explorar esta gran ciudad. El Sule Shangri-La Yangón está situado en pleno centro con lo que facilita mucho las visitas a los puntos de interés más importantes de Yangón. Uno de ellos la Pagoda de Sule, justo al final de una avenida poblada de numerosos edificios coloniales en no muy buen estado y soportando muchísima circulación.




La Pagoda de Sule es una de la más representativa de la ciudad. Su curiosa situación justo en el medio del cruce de dos grandes avenidas y la altura de su dorada estupa la hace destacar en el entramado urbano. Parece mentira que su estupa y agujas se mantengan tan impolutas y brillantes entre el humo negro de los viejos motores de los destartalados autobuses y camiones, por lo que supongo que estarán a menudo abrillantando sus superficies.






Una vez pagada la entrada a la pagoda (los locales no pagan lógicamente) comenzamos la vista a la que sería nuestra primera pagoda en Myanmar. La verdad que la mayoría del tiempo estuvimos buscando la sombra porque el sol apretaba de lo lindo y no corría ni una pequeña brisa, pero la Pagoda de Sule es francamente bella. Cada punto cardinal posee sus pequeños altares donde la gente mostraba su devoción, rezaba y colocaba ofrendas a modo de palos de incienso.


Una de las cosa que más me han sorprendido de Myanmar es que la gente se sorprende muchísimo con los extranjeros y te observan en todo momento. Y para sorpresas la mía con la gente birmana. Durante mi recorrido por la pagoda notaba que me sacaban fotos, en ocasiones a hurtadillas y en otras descaradamente, y cuando les sonreía  ellos también me devolvía una pícara sonrisa. Pero llegó un punto en el que ya me pedían permiso para fotografiarme con ellos o con sus hijas e hijos para llevarse de recuerdo. Hasta algunos monjes también aprovechaban la coyuntura para retratarse conmigo...y yo encantado, pero tengo que confesar que algo avergonzado. Ya al día siguiente me había acostumbrado al hecho de despertar tanto interés a muchos birmanos.




Cuando acabamos la visita a la Pagoda de Sule nos dirigimos entre el caótico tráfico hacia el Mercado de Bogyoke, un gran edificio de aspecto colonial que alberga un inmenso bazar con todo tipo de mercancía, ya sea textil, como de alimentos. También hay tiendas de joyería y de medicamentos locales.


Resulta curioso observar como mayoría de los hombres en Yangón visten el "longyi", unas faldas tubulares que se ajustan a la cintura con un nudo al frente en el caso de los hombres. Las mujeres lo anudan en un costado de la cintura y también es muy popular esta prenda entre ellas.



De camino al mercado también le tomamos el pulso a la vida callejera de Yangón. Como en cualquier otra ciudad del sureste asiático la vida se hace en la calle y éstas están siempre repletas de gente descansando en las omnipresentes sillas de plástico rojo en las improvisadas terrazas de los puestos callejeros, o simplemente viendo la vida pasar, algo que en Asia saben hacer mejor que en ninguna otra parte.




En la artesanía birmana resalta la calidad de las tallas de madera. Éstas no sólo se centraban en figuras de dioses sino que abarcaban cuencos, anillos, pendientes de mujer, collares, morteros y otros utensilios de cocina, y casi cualquier cosa que uno pueda imaginar.







Para no complicarnos en exceso y no perder demasiado tiempo buscando, nos quedamos a comer en uno de los puestos del mercado de Yangón. Pedimos un pollo aderezado con una sopa muy especiada y algo picante con los noodless sumergidos en ella.........

...... y un arroz con pollo frito y la especiada sopa servida a parte

Cuando acabamos de comer seguimos explorando la ciudad de Yangón y pasamos por delante del impresionante edifico de nuestro hotel, el Sule Shangri-La, que anteriormente fue el famoso Traders Hotel de Yangón.


Generalmente los anticuados autobuses en Yangón, que suelen ir atestados de gente, a menudo presentan  un estado deplorable aunque en contadas ocasiones lucen una pintura en bastante buen estado. Otro cosa ya son las intensas humaredas negras que expulsan por sus tubos de escape.


Los trenes también son herencia de un pasado muy lejano, y sin visos de renovación aún.

Otras de las escenas típicas de Asia, el enjambre de cables que cruzan las calles y......

......las llamativas decoraciones de los coches nupciales.

De camino a la maravillosa e indescriptible Pagoda de Shwedagon nos cruzamos con la Iglesia Católica de St.John´s, remanso de paz en medio de una de las avenidas más amplias y transitadas de Yangón. No pudimos visitar su interior ya que las puertas permanecían cerradas. A lo largo y ancho de la ciudad es fácil cruzarse con templos de confesiones católicas y protestantes, reminiscencias de la época colonial.




Cerca ya del inmenso complejo de Shwedagon nos encontramos en la Avenida de Shwedagon Pagoda Road por la que fuimos caminando con unos grandes leones guardianes que vigilaban los accesos a la puerta sur del complejo sagrado. El mayor atractivo de la ciudad de Yangón, y el mayor centro espiritual de Myanmar y casi de todo el sureste de Asia, atrae a muchedumbres y multitudes que no pasan desapercibidas a los puestos de comida callejera. Los hay por decenas frente a la Pagoda de Shwedagon, y nosotros estábamos más que ansiosos por conocer en primera persona este centro espiritual tan famoso. Pero eso será en la siguiente entrada.




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