miércoles, 7 de febrero de 2018

Marrakech; los Palacios de Badii y Bahía, el Mellah y Jemaa el Fna de noche


Marrakech es una de las ciudades más emblemáticas del norte de África, en eso no hay duda, y lugar de reunión de buena parte de las celebridades europeas y americanas, donde pasan o pasaban largas temporadas en sus lujosas residencias. Hasta la fecha no nos habíamos planteado planificar un viaje por la geografía de Marruecos, pero esta escapada de tres noches a Marrakech nos va a hacer replantear esa decisión inicial, y más viendo todo lo que nuestro país vecino puede ofrecer al visitante. Desde el primer momento en que Ryanair anunció la apertura de una nueva ruta a Marrakech desde Santander me puse manos a la obra para ver en que fechas podíamos encontrar unos días para viajar al Magreb, y después de una bajada puntual del precio de los billetes en el puente de la Inmaculada no lo dudamos. Tras aterrizar por la tarde e instalarnos en nuestro riad en la Medina, aprovechamos nuestras primeras horas en la ciudad roja -que no fueron muchas- para dar un paseo nocturno e ir a cenar a la que a la postre sería uno de los mejores restaurantes donde comimos, el Zeitoun Café, y con unas vistas espectaculares de la Plaza Jemaa el Fna. Y la razón de que no fueran muchas horas la primera tarde fue que nos tiramos cerca de 90 minutos esperando para pasar el control de pasaportes -que llegaran tres vuelos a la vez no ayudó-, más otros veinte minutos buscando nuestro transfer y otros veinte más en llegar a nuestro riad en el lío de calles de la Medina.


Al día siguiente y tras un rico y completo desayuno al estilo marroquí comenzamos la exploración de Marrakech. Disponíamos de dos días completos así que dividimos las visitas en dos partes para aprovechar mejor el tiempo, siempre partiendo desde la Plaza de Jemaa el Fna por la que pasaréis a menudo al partir de ella muchas de las rutas de interés.. Un día para la parte sur y el otro para la parte norte de la ciudad antigua. Por tanto, el primer día lo dedicamos a explorar la parte sur de la vieja ciudad de Marrakech comenzando por el Palacio Badii, el imponente edificio levantado a finales del siglo XVI




Tras pasar por taquilla accedimos al interior del complejo. Desde el principio pudimos apreciar la altura y el porte de sus murallas dentro del interior de los patios del palacio. Muros construidos en sólidos ladrillos, los materiales más nobles y exclusivos de la época y una planta casi simétrica cuya arquitectura te trae recuerdos de la arquitectura árabe andaluza. Según muchos defienden, quizás su arquitecto proviniera del Sultanato de Granada. Lástima la situación de abandono y saqueo sufrido durante años.




En el interior del Palacio Badii se abre un inmenso espacio exterior que en su día albergó los Jardines del Deseo. Hoy en día sus espacios han sido ocupados por numerosos naranjos y alguna palmera. Es un buen lugar para observar la actividad diaria de las numerosas parejas de cigüeñas que habitan en lo alto de los muros del palacio. Conviene acceder a la terraza de uno de los edificios para disfrutar de las preciosas vistas panorámicas que ofrece de la Cordillera del Atlas, de la ciudad de Marrakech, de sus azoteas y  minaretes de las mezquitas de la ciudad antigua. 






Tras dejar atrás los muros del Palacio Badii emprendimos el camino en busca de un lugar para comer. Como ocurre en todo el Magreb, los camareros pueden llegar a ser muy pesados en su empeño por captar a nuevos clientes por lo que resulta aconsejable armarse de paciencia y cierta dosis de pasotismo ante el asedio en el que puedes verte involucrado. Lo mejor tomárselo con sentido del humor y de paso charlar y echarse unas risas con los camareros. La fotografía de abajo está tomada en los exteriores del Palacio Badii y muestra una moto repleta de cabezas de cordero ensangrentadas colgando de ella. Este muchacho recorría las calles montado en su moto -también ensangrentada- vendiendo a quien le paraba tan suculento manjar árabe.




Decidimos sentarnos a almorzar en uno de los restaurantes de la Plaza de Ferblantiers. La comida en general bien, a buen precio, pero las raciones algo escasas. Pedimos un cuscús de verduras y pollo y un Tajín de cordero y ciruelas. Sirvió para quitar el hambre y de paso dar descanso a nuestras piernas para la caminata de la tarde.




El Zoco de la Especias fue nuestra primera parada después de la comida. Está situado muy cerca del Palacio Badii y en pleno barrio de Mellah, o lo que es lo mismo, la antigua judería donde vivieron parte de los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos en el siglo XV. En este barrio te surgen montones de "voluntarios" dispuestos a guiarte sin interés económico....en principio, claro está. Mejor explorar las estrechas callejuelas por uno mismo. Las galerías del zoco son un bonito lugar por el que el paseo se hace muy agradable. De una manera sosegada se puede curiosear por las decenas de establecimientos comerciales y charlar con los tenderos encantados de explicarte, y ya de paso colocarte alguna mercancía si es posible. Los locales que venden las especias las exponen en cuencos formando unos conos perfectos con el polvo de las mismas.






Y llegamos al Palacio Bahía, probablemente uno de los edificios más bellos de Marrakech. Situado a un corto paseo desde el Palacio Badii y junto al barrio judío de la ciudad antigua, este complejo es una sucesión de salas y habitaciones cuyos techos se encuentran bella y profusamente decorados,  poseyendo también un precioso patio llamado el Patio de Honor presidido por una fuente en cuyos bordes es una delicia sentarse a tomar el sol mientras observas los enjaretados de sus arcos.


A pesar de que las estancias del Palacio Bahía se encuentran totalmente vacías, tras ser saqueado su mobiliario y enseres tras la muerte del visir, sus impresionantes techos permanecen intactos así como los enrejados de sus ventanas y las preciosas puertas de madera tallada hasta el último detalle. Quizás la zona del harén sea la más bella y curiosa.






De nuevo nos echamos a las calles de Marrakech, esta vez para visitar el Museo Dar Si Said. Este palacio que alberga el museo más antiguo de Marrakech se encuentra al norte del Palacio Bahia, en principio a unos minutos caminado, pero el laberinto de calles de la ciudad vieja de Marrakech hace que a veces la tarea de encontrar algo sea heroica. Calles estrechas y en ocasiones techadas que hicieron mella en nuestra orientación, y en la del GPS de mi teléfono móvil también.


Al final encontramos el acceso al museo al fondo de un callejón. El museo Dar Si Said es un edificio realmente bello, de estancias suntuosas que contiene muchos tesoros y obras de arte marroquí junto a preciosos patios interiores que dan acceso a las salas donde se exponen las obras. Los azulejos de los patios forman figuras geométricas donde el azul es el color predominante, lugares llenos de paz. Los estucos de los techos de las salas son impresionantes. De hecho, y al igual que ocurre en casi todos los palacios de Marrakech, el verdadero interés reside en los propios edificios, sin querer desmerecer las obras que se  muestran en ellos. Al menos así lo interpreté yo.






Los coches de caballos están presentes por gran parte de la ciudad roja.

En busca de las Tumbas Saadíes para hacer una visita rápida a largo del más de centenar de tumbas alojadas en los jardines, llegamos hasta la Mezquita de Moulay El Yazid en el barrio de la Kasba. Ésta posee uno de los minaretes que son visibles desde buena parte de Marrakech y a través de la puerta es posible ver el patio y los lugares donde los musulmanes hacen sus abluciones. Desafortunadamente no pudimos entrar en la mezquita como es habitual en Marruecos. Y allí, frente a él en la terraza elevada de un café, pudimos contemplar como el sol iba cayendo y nos proporcionaba un bello atardecer sobre los rojizos muros de las casa de la ciudad mientras degustábamos un té a la menta. 








Con la noche ya encima desandamos los pasos de la mañana para regresar a la Plaza de Jemaa el Fna. Por la noche las calles cobran otra perspectiva, parecen distintas a la luz de las lámparas, del humo del incienso, y hasta las túnicas de los vendedores parecen diferentes. Creo que Marrakech de noche posee una magia especial de la que carece con luz diurna. Los objetos de plata, el menaje de hogar fabricado en cobre y transformado en espléndidas cazuelas, cazos y cuencos brilla bajo la luz de faroles y bombillas y resulta casi mágico. Conviene disfrutarlo con calma.




Y llegamos. Señoras y señores, delante de nuestros avispados ojos, la Plaza de Jemaa el Fna de noche. Difícil describir la sensación al contemplar un lugar que tantas y tantas veces había visto en reportajes de televisión, en fotografías o relatos de otros viajeros y del que tanto había leído. Y francamente, aunque tenía miedo a la decepción ante tantas expectativas, no me defraudó. Es un lugar increíble, lleno de puestos de frutas, de restaurantes y puestos de toda clase de comida, de grupos de magrebíes tocando sus instrumentos tradicionales, de vendedores ambulantes, de olor a incienso, a carne de cordero guisada... en fin, tal como me lo imaginaba en mi mente. En suma, es un lugar lleno de vida. Desde luego diferente, por algo es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Por supuesto sobre lo que he dicho hay opiniones que difieren de la mía y que no la ven tan especial, pero para gustos los colores




¿Y qué tal contemplar toda esta actividad desde las alturas? Pues es una gran idea para hacerse una idea del tamaño de la Plaza de Jemaa el Fna y de todas las actividades que se desarrollan a lo largo y ancho de ella. Y si hay un lugar especial debido a su historia y a su privilegiada situación dentro de la plaza es el Café de Francia. Su terraza es un magnífico puesto de observación y buen lugar donde descansar después de un duro día de caminatas por la ciudad antigua. Echar un ojo a sus famosos ventiladores de la planta baja del café y sus mesas ocupadas por lo general por marroquíes leyendo ávidamente la prensa junto a un té de menta.




Tras disfrutar de unas "oranginas" en el Café de Francia -hacía años que no me bebía una- y de contemplar largamente la plaza, había que disfrutar de un cuscus de cordero y verduras con pasas en uno de los puestos de comida de la Plaza de Jemaa el Fna. Los puestos están numerados y te atenderán muy amablemente, además en casi todos te encuentras con unos niveles de salubridad más que aceptables. Y esto es lo que dio de si la jornada. Al día siguiente nos esperaba otra dura jornada pateando la medina y la zona de Marrakech que queda más al norte de la plaza más famosa de Marruecos.


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