jueves, 4 de junio de 2015

Yangón; la Pagoda de Shwedagon o donde peregrinan todos los birmanos



Resulta verdaderamente difícil intentar transmitir, narrar o reflejar la grandiosidad de la Pagoda de Shwedagon, ya sea mediante fotografías o por medio de la palabra. Todo lo que habíamos leído acerca de ella eran elogios y estados de admiración ante este magnífico templo sagrado para los birmanos, pero tuvimos que estar allí y verlo con nuestros propios ojos para empezar a comprender la enorme extensión que tiene el complejo de templos y pagodas. Sin ninguna duda es el mayor atractivo de la ciudad de Yangón. El acceso a Shwedagon se puede realizar por cuatro entradas que se corresponden con los cuatro puntos cardinales. Estas entradas están guardadas por dos enormes estatuas que representan leones birmanos. Desde el mismo momento en que se pone un pie en las escaleras de acceso hay que despojarse del calzado, incluidos los calcetines en el caso de llevarlos. Las escaleras discurren bajo una bonita cubierta de madera que aloja diversos puestos de recuerdos y artesanías.








Y tras pagar la preceptiva entrada al recinto nos encontramos en la plataforma que se alza sobre la Colina de Singuttara abrumados con el espectáculo de dorados que nos acompañaba a cada paso. La superficie que ocupa el conjunto de templos casi alcanza el medio millón de metros cuadrados, con lo que hay que pasar varias horas en Shwedagon para poder deleitarse con las maravillas del lugar y hacerse una pequeña idea del conjunto histórico. Nosotros seguimos el consejo de algunos viajeros y acudimos algo avanzada la tarde, alrededor de las cuatro y media de la tarde. De esa forma pudimos disfrutar en todo su esplendor de tres de los espectáculos que la Pagoda de Shwedagon ofrece a sus visitantes y contemplarla con la luz diurna, con los últimos rayos del sol del atardecer y por último de noche cerrada y bajo la cálida luz artificial. Además conviene no olvidar que se camina descalzo y no resulta muy recomendable hacerlo sobre un suelo de mármol que abrasa bajo el tórrido sol del mediodía.











La estupa mide más de cien metros de altura y es visible desde muchos puntos de la ciudad de Yangón. Está recubierta de varias toneladas de oro y cuenta con 5.000 diamantes y más de 2.000 rubíes, con un diamante central que tiene nada más y nada menos que 72 kilates. Lo más sorprendente de la historia del recubrimiento de oro es que fue, y sigue siendo, donado por el pueblo birmano, aportando para ello sortijas, collares o cualquier joya que sirven para la conservación y restauración de las pagodas. El interior alberga varias reliquias de Buda, entre ellas varios  pelos y ropa. Shwedagon tiene la pagoda más grande y antigua del mundo, ya que según la leyenda fue construida hace 2.500 años. Si bien es verdad que ha cambiado mucho desde entonces, en parte debido a la destrucción parcial a consecuencia de los terremotos. Por ese motivo se fue haciendo más y más grande y arqueólogos datan la mayoría del recinto de Shwedagon a partir del siglo VI tardando más de 400 años en acabarlo.


Durante todo el día pudimos llevar a cabo el ritual de recorrer la pagoda. Los birmanos recorren la plataforma de las estupas en el sentido de las agujas del reloj, una costumbre de Myanmar que se llama let ya yit. Es como la corriente de un río, sólo hay que dejarse llevar y disfrutar de la experiencia. La entrada a la Pagoda de Shwedagon conlleva conservar un respetuoso código de vestimenta, en realidad como en cualquier templo budista. Se debe acceder descalzo y sin calcetines y los hombros y piernas deben estar tapados, es decir, no se permiten camisas sin mangas ni las rodillas al aire. Y esta norma es válida tanto para hombres como las mujeres, aunque te prestan unas faldas en el caso de que no cumplas con las normas de decoro. 




La gran campana del rey Singu

A medida que el sol se iba ocultando por el horizonte la temperatura se iba haciendo más llevadera y cada vez se reunían más multitudes de birmanos con la intención de rezar en las explanadas frente a las doradas estupas y templos. Las pilas donde quemaban el incienso parecían desaparecer en las intensas humaredas y muchas familias al completo se sentaban en los suelos de mármol con la mirada dirigida a la maravillosa estupa de Shwedagon


Resulta habitual ver a gran cantidad de monjes budistas recorriendo los diferentes templos y estructuras, haciendo numerosas paradas para realizar sus oraciones y llevando a cabo sus ofrendas en forma de velas o varas de incienso. De todos modos todos los birmanos deben peregrinar al menos una vez en su vida a la Pagoda de Shwedagon, y por ese motivo acuden desde todos los rincones de Myanmar.







Resulta difícil reflejar la espiritualidad que trasmitía este lugar. La intensa devoción de la gente, la luz reflejada en las decenas de templos dorados, el humo y el intenso olor a incienso, todo ese gentío reunido y poco más de una decena de turistas y mochileros entre tantos birmanos, un lugar que nos ha sobrecogido como pocos en nuestra vida. Aquí las horas pasan plácidamente, la tensión se transforma en calma, las prisas en pausa y lo terrenal en divino. Familias enteras pasan la tarde de sábado, primero paseando entre los templos, más tarde rezando y por último comiendo en una especie de picnic familiar. Momentos para compartir y para disfrutar en familia.




La campana del Rey Tharrawaddy de 40 toneladas de peso venerada en uno de los templos. Las tumultuosas historias de las campanas en Shwedagon viene de lejos. Ya en el siglo XV un portugués robó una campana de más de 300 toneladas que adornaba la pagoda con intención de fundirla para hacer cañones con su bronce, aunque a final fracasó en su empresa la hundirse el barco que la transportaba. A día de hoy la campana permanece sumergida en el fondo del río Yangón.


Con la noche ya cerrada sobre el cielo de Yangón pudimos disfrutar de la iluminación nocturna de los templos que los trasforma casi por completo, y de unas temperaturas mucho más suaves que nuestros cansados cuerpos agradecieron.






Pero la actividad y las ofrendas de los devotos budistas que acudían a rezar no decayó con la llegada de la noche. Contrariamente parecía haber aumentado el gentío, y consecuentemente el humo procedente de los quemadores de velas y de incienso. Y también los birmanos se dedicaban a uno de los rituales más llamativos y curiosos que pudimos ver en Shwedagon como es el ritual de bañar al buda, que es a lo que se dedicaban los que quedaron retratados a la derecha de la imagen. 


Y es que resulta que en la cultura de Myanmar hay ocho días de la semana, ya que el miércoles se divide en dos, miércoles por la mañana y miércoles por la tarde. La pagoda tiene forma octogonal y hay un buda en cada uno de sus lados que se corresponde con un día de la semana y al que los fieles acuden al que corresponde a su día de nacimiento. El ritual consiste en bañar al buda tantas veces como años se tengan cumplidos, y como nota adicional el sábado es considerado de mala suerte por la cultura de Myanmar, con lo que los nacidos en ese día acuden en masa para intentar restar su mala suerte. Si resultará importante esto de los días de la semana que depende del día que se haya nacido condicionará el nombre de la persona y hasta en el futuro el del cónyuge.


Con la noche echada abandonamos la maravillosa Pagoda de Shwedagon y nos fuimos en busca de algún restaurante donde reponer fuerzas después un día tan intenso de emociones. Habíamos ojeado tripadvisor para encontrar alguno bien calificado por los viajeros y hacia allí nos dirigimos, en busca de un restaurante cuyos comentarios nos habían gustado mucho y al que acudían muchos locales. Lo que no contamos es que Yangón apenas posee iluminación pública y en medio de la más absoluta oscuridad, tímidamente atenuada por las luces de los coches, es muy fácil desorientarse. Y eso es lo que nos ocurrió a nosotros, que nos desorientamos y no fuimos capaces de encontrar la calle del restaurante a pesar de pensar lo contrario. En fin, que bastante tenía yo con no colarme por alguno de los enormes agujeros que hay en muchas "aceras", capaces de hacerte desaparecer hasta la cintura. Por cierto, que la luz-linterna del móvil nos vino de perlas para iluminar algunos tramos sin circulación de coches, así que consejo: no olvidar unas buenas linternas si se viaja a Myanmar.




Al final acabamos cenando en un restaurante cercana a nuestro hotel

2 comentarios :

Impresionante la Pagoda, Nacho, y y un magnífico relato de la misma, te felicitamos. Nosotros ni locos hubiéramos mantenido la calma en el regreso por la noche a través de esas..si se le pueden denominar calles con esa oscuridad. Enhorabuena por esas instantáneas. Te seguimos

Gracias Antonio, he tenido que mirar la foto del perfil para saber quién eras jajaja. Con lo viajados que estáis ya vosotros creo que no os debéis perder un país como Myanmar antes de que cambie demasiado. Y las gentes son de lo mejor que he conocido

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