martes, 14 de enero de 2014

Islandia; descubriendo el círculo de oro



Muchos de los viajeros que deciden dar el salto a la lejana  Islandia se van a centrar en su capital Reykjavik y en la zona sur de la isla, que es donde se concentran el mayor número de atractivos de Islandia, o al menos los más accesibles y conocidos. Que la mayoría de la infraestructura turística y hotelera, e incluso la mayor parte de la población de la isla, se encuentren en esta zona  también contribuye enormemente a ello. En esta zona suroeste de Islandia está uno de los polos de atracción turística principal que es conocido por el sobrenombre de círculo de oro, siendo el Parque Nacional Thingvellir...... la visita más espectacular de todas por su importancia. Porque si el continente europeo está plagado de maravillas dignas de visitar y conocer, Thingvellir se lleva la palma como la mayor maravilla de todas, geológicamente hablando claro está. Porque.. ¿Cuando se tiene la oportunidad de tener un pie en cada placa continental al mismo tiempo? Sólo aquí es posible pasar de un salto de la placa tectónica euroasiática a la placa norteamericana. Y la mayor falla, y por tanto más espectacular, es la Almannagjá accesible por una larga pasarela de madera que puede apreciarse en todo sus esplendor en la fotografía de cabecera. Parece mentira pero en este lugar el continente europeo se separa del norteamericano casi 10 milímetros por año.







Una de las mejores cosas que ofrece el Parque Nacional de Pingvellir al visitante, a parte de lo de ya descrito, son las múltiples posibilidades de senderismo que ofrecen sus numerosas rutas a través de pasarelas y por caminos empedrados perfectamente señalizados. Aunque algunos de los tramos estaban ligeramente embarrados con lo que por momentos nos pusimos bonitos de barro, pero mereció la pena y mucho las cerca de tres horas que dedicamos a conocer algunos de los rincones del parque, salpicados de fisuras en el terreno, muchas de ellas rellenas de agua, la cascada Öxarafoss y el río Öxará y bordeando el lago más grande de toda la Isla de Islandia, el lago Pingvallavatn. Fue una experiencia que nos dejó eufóricos, todavía no se muy bien por qué, pero quizás tuviera algo que ver la maravilla natural y geológica que representa este lugar tan mágico y tan especial, y que ya supieron captar hace más de mil años las antiguas tribus que habitaban estas salvajes tierras. Un lugar que hubiera inspirado al mismísimo Julio Verne si hubiera podido visitarlo alguna vez.


Dentro del parque junto al lago, y en la misma falla principal, está la bandera islandesa izada en un mástil que marca el punto donde se reunió por primera vez el parlamento más antiguo del mundo allá por el año 930 de nuestra era. En estas reuniones de la asamblea se celebraban juicios y también se promulgaban leyes. En el año 1944, y justo también en este punto conocido como la Roca de la Ley, se proclamó la independencia de Islandia


Una gran parte del Parque Nacional de Pingvellir está salpicado por grandes fisuras o fracturas del terreno. Y muchas de ellas están rellenas de agua, formando unas pozas de aguas frías, límpidas y transparentes, en las que no me pude resistir a beber. Tanto aquí en Islandia, como en los ríos que acaban desembocando en los fiordos noruegos u otras partes salvajes de Escandinavia, se puede beber agua directamente de ellos teniendo la precaución de hacerlo en lugares donde haya corriente y absteniéndose de hacerlo en pozas estancadas o de aguas tranquilas.


Una prolija familia de ánsares nadaba por el río Öxará con cinco creciditos pollos

Después de una extensa visita por Pingvellir regresamos de nuevo a las solitarias carreteras en busca de nuestra siguiente parada del círculo de oro, Geysir en el valle de Haukadalur. Para los apasionados por devorar kilómetros  Islandia es un paraíso. Carreteras repletas de curvas, multitud de cambios de rasante, parajes espectaculares a la vuelta de cada curva, paisaje volcánico y montañoso y una vegetación rara y única, unido a un clima cambiante e impredecible hace de la conducción por esta isla algo emocionante y distinto. Y ya no digamos cuando se abandona el asfalto y nos adentramos en las pistas de tierra, ahí comienza el éxtasis total, aunque hay que andarse con ojo para no acabar en la cuneta.


Por fin el paisaje humeante de Geysir, una zona geotermal muy conocida y donde están los géiser más conocidos del mundo junto a los del parque nacional estadounidense Yellowstone. En esa parte de Islandia empezamos a ser un poco conscientes de lo que teníamos bajo nuestros pies, la enorme actividad geotérmica, vapores humeantes con cierto olor sulfuroso, fallas, volcanes. Vamos, todo un polvorín debajo de nosotros.


Y de repente el Geysir Strokkur, ahí estaba, delante nuestro y acordonado para proteger a los imprudentes, y a punto de revelarnos todo su poder. Los géiseres es un fenómeno extraño y raro a la vez que se da en pocos lugares de la tierra, y que a punto estuvo de dejar de ser activo aquí en Islandia debido a que se le echaban piedras al interior para hacerle entrar en erupción de manera provocada, y que de hecho ya extinguió la actividad en uno de los géiseres menores del valle de Haukadalur. Hay que tener paciencia para poder captar con la cámara fotográfica el géiser Strokkur en plena explosión porque a veces pueden pasar más de cinco minutos entre erupciones, y muchas de ellas no llegan a alcanzar gran altura. Pero si se dispone de paciencia la recompensa puede ser captar una erupción de más de veinte metros de altura. 




Dentro del parque y debido a esta gran actividad geotérmica hay lagunas de aguas sulfurosas humeantes cuya temperatura puede superar los 65 grados centígrados.


Una buena idea fue separarse del Géyser y caminar hacia la colina que está justo enfrente. A parte de ofrecernos una elevada plataforma donde disfrutar del paisaje circundante  de estos parajes únicos, pudimos ver en la lejanía las erupciones del Strokkur en toda su plenitud, y de esa forma nos hicimos una idea clara de la altura que alcanza en algunas ocasiones. Cuando regresamos a por el coche aprovechamos a hacer unas compras en la gran tienda junto a la cafetería, unos guantes forrados de piel de lo más suave y un cálido gorro de lana entre otros artículos, aunque seguramente no sea el lugar más adecuado ni barato de toda Islandia. Y de nuevo otra vez en ruta en busca de la cascada más bonita y espectacular de toda la isla.


Impactante, espectacular, grandiosa, así es la cascada más famosa de toda Islandia, y yo no puedo hacer otra cosa más que corroborarlo. La cascada de Gullfoss (la cascada dorada) tiene una caída a dos alturas de 32 metros en total, y tal cantidad de agua que levanta una cortina de fina neblina que acaba por empaparte toda la ropa y los equipos de vídeo y fotografía, con lo que es indispensable proveerse de un buen chubasquero para protegerse y no acabar empapado, y eso mismo hicimos nosotros. Existen varios miradores panorámicos donde deleitarse con las vistas, siendo el situado sobre el mismo salto de agua el más impresionante por darte la sensación de estar metido en medio de tan salvaje naturaleza, y divertido porque acabas mojado como un pollo.









El acceso a la roca que sirve de mirador inferior está permanentemente mojado con lo que resulta muy resbaladizo e inclusoalgún tramo puede llegar a ser peligroso. De hecho ya vimos alguna caída de alguna chica que no prestó mucha atención en donde ponía sus pies. Pero fue indispensable porque las sensaciones que nos ofreció a escasos metros del brutal caudal de agua fueron indescriptibles. Desde luego el que se caiga al torrente no lo vuelve a contar.


Disfrutando de la caladura a pocos metros de la corriente con un sonido atronador. De poco sirve un chubasquero cuando la cortina de agua asciende desde abajo. Pero como se suele decir "sarna con gusto no pica", y contemplando ese impresionante espectáculo natural poco importaba.
























Después de Gullfoss nuevamente regresamos a las solitarias carreteras. En muchas ocasiones, los desplazamientos hacia los distintos lugares interesantes en un viaje constituyen un engorroso trámite necesario para llegar a ellos, pero este no fue el caso de Islandia. Conducir por esas carreteras, por esos paisajes verdes y yermos en ocasiones, salpicados de volcanes disimulados entre montañas y a veces escondidos por los amenazadores nubarrones, desde la elevada posición de un todoterreno, hizo que esos desplazamientos fueran unas de las mejores experiencias de nuestro viaje por el sur de la isla. Hasta repostar en algún mini surtidor de gasolina perdido en medio de la nada junto a dos o tres casas representó una pequeña aventura, solventada en parte gracias a la amable gente de esta parte perdida del interior de Islandia que nos explicó como utilizar esos surtidores automáticos de pago con tarjeta.


En nuestro camino a la zona costera del sur de Islandia nos topamos con una pequeña comunidad que pudimos divisar a lo lejos desde la carretera, y donde decidimos hacer una pequeña parada. En la lejanía destacaba una gran iglesia blanca levantada en lo alto de una pequeña loma, aunque a medida que nos acercamos una pequeña construcción con sus paredes laterales y el techo a dos aguas cubierto en su totalidad por césped acaparó nuestra atención más inmediata. Resultó ser una pequeña capilla con un cementerio en su parte trasera. Se trataba de la pequeña localidad de Skálholt, una comunidad histórica muy importante ya que desde la edad media fue una de las dos sedes episcopales de Islandia. Y cuesta creerlo a tenor de su reducido tamaño. Pudimos visitar tanto el interior de la capilla como el de la catedral, pues el acceso era libre.


Y la blanca Catedral de Skálholt, de un tamaño sorprendentemente grande para el lugar donde se levanta y terminada a mediados del siglo pasado en el mismo emplazamiento donde se alzaba la primigenia, que fue derribada por un terremoto en el siglo XVIII. El paisaje que circunda la población de Skálholt es de gran belleza, entre un complejo enramado de ríos y arroyos, lagos y montañas.



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