lunes, 12 de marzo de 2012

Koh Samui, Tailandia.


 La Isla de Koh Samui fue nuestra puerta de entrada a este maravilloso país que es Tailandia. Aunque ya está muy metida en los circuitos turísticos, la parte  más desarrollada se encuentra en el este de la isla, que es donde se concentran la mayoría de los hoteles y resorts de lujo a los pies de las playas de Chaweng, Lamai o Bo Phut, mientras que en la parte oeste no hay demasiadas infraestructuras turísticas. Nosotros llegamos a la capital administrativa de la isla, Nathon, una pequeña localidad muy fácil de recorrer a pie, y donde están la mayor parte de los mercados y las tiendas. Es un lugar verdaderamente tranquilo y apacible, donde el mayor bullicio lo encontramos en las tiendas y bazares que se distribuyen a través de sus calle principal, así como un par de bancos donde cambiamos nuestros primeros bahts en Tailandia. Nathon, que por otra parte tampoco tiene un excesivo interés, no recibe a demasiados turistas, a excepción del tráfico que generan los ferries que conectan con la parte continental y también con las otras islas, ya que la mayoría del turismo llega por vía aérea y se aloja en los numerosos hoteles en la parte opuesta de la isla. 





La primera vista de la isla desde el barco casi no permitía ver las pequeñas edificaciones, y todo debido a la exuberante vegetación que cubre casi toda la superficie de esta montañosa isla. Además tiene más de una decena de picos entre los trescientos y seiscientos metros de altitud que atrapan el agua de las lluvias, y el interior de la isla está prácticamente deshabitado. Desembarcamos en el muelle nuevo y lo primero que vimos fue un ejército de exaltados  taxistas ofreciéndonos sus tours, e ilustrándolo todo sobre coloridos mapas de la isla. Y como esa estampa no nos sedujo demasiado decidimos salir caminando del muelle, apartando a los taxistas cual pesados moscardones, y en el caso de necesitar uno, ya lo buscaríamos lejos de ese frenesí. En un principio era lo que habíamos pensado hacer en la isla de Koh Samui, pero lo bueno de los planes cuando vas por libre es que los puedes cambiar sobre la marcha según te apetezca, y así fue.





Habíamos visto desde el barco una enorme playa medio escondida entre los cocoteros, que resultó ser la playa de Lipa Noi. Comenzaba donde acababa la población de Nathon, y se extendía a lo largo de toda la bahía, y además parecía no acabar nunca. Así que, ya que la teníamos a un corto paseo de Nathon ¿para qué ir a buscar otras playas en la otra punta de la isla, y encima a los pies de los resorts?  Es cierto que el interior de esta frondosa isla ofrece algún bonito paisaje, e incluso posee pequeñas cascadas que eran interesantes de visitar, pero siendo las nueve de la mañana y con el termómetro rondando los 27 grados en ese soleado día de febrero, no nos apeteció lo más mínimo meternos en un taxi y recorrer tortuosas carreteras. Preferimos holgazanear en la playa y bañarnos bajo el implacable sol tropical, y dejar esas visitas para otra ocasión.



Como intuíamos que la mañana en la playa iba a ser larga y calurosa, nos avituallamos con varias botellas de agua mineral y unas cuantas coca colas, en el bar terraza de uno de los pocos hoteles que hay en Nathon, no fuera a ser que nos deshidratáramos en mitad del paraíso. La arena, de un blanco inmaculado que parecía pintada, y un mar de un profundo azul turquesa, sólo manchado por las fibras sueltas de los cocos y algunas raíces secas, creaban una imagen propia de una postal. Aunque lo más increíble de todo fue ver como la playa se abría ante nuestros ojos totalmente desierta, no parecía haber un alma en toda su extensión. Nos dimos una buena caminata por la playa, por la orilla del mar y a la sombra de las palmeras. La mañana invitaba a ello. También pudimos cambiar impresiones con un monje budista que vivía en misma playa en una construcción rudimentaria, con la única compañía de unos perros, y que cuidaba de un pequeño cementerio y también de la propia playa, a la que limpiaba con asiduidad. Al final resultó que si había alguien...el propio monje. Después de satisfacer su curiosidad por saber de que nacionalidad éramos,estaba de lo más interesado en conocer cosas de nosotros y de España también. Y por fin encontramos un precioso rincón de playa a la sombra de las palmeras, pero lejos del alcance de los cocos, porque si te cae uno de ellos en la cabeza desde esa altura tiene que doler como si te cayeras tu mismo del cocotero. En ese momento nos vino a la mente la experiencia del guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards , que ya lo experimentó en sus carnes con un cocotero en las Islas Fiji.  Esas cálidas aguas de color turquesa intenso invitaban a meterse en ellas y  nadar sin parar, y fue quitarnos la ropa y lanzarnos como unos  locos, chapoteando, buceando, nadando y disfrutando de un cálido mar en pleno mes de febrero. Y, como si de una escena de una película o documental de viajes se tratara, allí, mientras nos secábamos a la sombra, llegó flotando un coco hasta la orilla, empujado por el viento y la corriente. 


Después de pasar toda la mañana en la playa, llegó el momento de ir a explorar más de cerca la capital de Koh Samui. Básicamente se extiende por una calle principal llena de tiendas, restaurantes y comercios, atravesada por algunas calles secundarias que ocupan artesanos y pequeños talleres. Y, a pesar del reducido tamaño de la localidad, esta vía principal siempre estaba saturada de coches motos y otros variopintos medios de transporte, que cargaban el ambiente de humos y aumentaba aún más la sensación de calor. Ya adentrada la tarde, nos fuimos dirigiendo hacia el muelle. Nuestra estancia en Koh Samui estaba llegando a su fin, y volvíamos a necesitar desesperadamente un poco de brisa marina para refrescarnos. A esas horas los pescadores ya habían atracado sus viejas embarcaciones en el muelle, y repasaban sus redes después de descargar las capturas del día.  Mientras,  nosotros embarcábamos en el tender que nos llevaría otra vez a bordo del Zaandam.




En nuestras retinas quedaba grabada aquella desértica playa, y esas aguas de un profundo azul turquesa que nos hacía perder la vista en el lejano horizonte. Un lugar idílico. 

Esa tarde, circunvalando parte de la isla de Koh Samui, y mientras nos íbamos alejando cada vez más de Nathon, vivimos uno de los mejores atardeceres de este crucero por el golfo de Tailandia. El sol caía poco poco sobre el horizonte, con el telón de fondo de las pequeñas islas de Koh Phaluai y Koh Wua, y tiñendo de un intenso rojizo todo el cielo. Nosotros, por nuestra parte, nos acomodamos en la cubierta de popa del Zaandam, y nos dispusimos a disfrutar de aquel espectacular ocaso.




Acomodándonos para disfrutar de la navegación y el atardecer



El rojizo del cielo era directamente proporcional a la cercanía del sol con el horizonte....

..... y éste iba cayendo......

.....hasta desaparecer por completo, y jugar a formar dibujos animados con las nubes.

8 comentarios :

Muy buena descripción de todo lo que habéis hecho...y nos alegramos de que tengáis un Crucero tan agradable...
Así que a seguir disfrutandolo...
Pere Nin y Mercè.

Me ha encantado, Nacho. Tanto las fotos como la descripción, casi me puedo sentir alli.

Un beso para los dos (os llamo),

Raquel

Muchas gracias Pere, Yo también me alegro de que te gusten los relatos. Sigo disfrutando mucho del viaje mientras voy escribiendo y viendo las fotos de nuevo. Saludos

Si es que teníais que haber venido con nosotros....nos lo hubiéramos pasado pipaaaaaaa....... Besosssssssssssssssss

Preciosos relatos de los viajes, las fotos espectáculares, has sido galardonado con el premio Liebster blog, pásate por mi blog y verás de que se trata. Saludos.

Me entran otra vez ganas de irme de vacaciones. Precioso relato y fotos, te sigo aqui, asi sigue contando jejeje

Es muy buena idea....Escribir una entrada para ello no me gusta demasiado, casi prefiero ponerlo en la barra lateral. Voy a ver donde lo encajo Coco, y que blogs pongo. Gracias

En cuanto tenga preparado lo de Bangkok lo pongo, que lo voy haciendo cuando tengo ratos libres

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